Kairos
La voluntad de vivir
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In memoriam de Leonidas.
Hay seres humanos de luz, que aún con su muerte, nos dejan un eterno resplandor. Son como lámparas incandescentes, que en medio de la lluvia y el lodazal del mundo, se quedan alumbrando. Impertérritos en la oscuridad. No se apagan nunca.Rindo así tributo a Leo, como le llamaba su familia, porque es indispensable.
La vida modesta y casi anónima de una persona buena, sin importar su celebridad, siempre es una metáfora. Más todavía si ese hermano, en la amistad, es músico y tiene el mérito de transformar su propia muerte en inolvidable sinfonía.Hay muchas maneras de morir.
La declaración de enfermedad grave, de enfermedad terminal, en ocasiones nos destruye anticipadamente cuando la fatalidad se apodera de un corazón fatigado y una mente desesperanzada. Pero hay otras donde el milagro y la voluntad de vivir sucede y, pese a la mortal amenaza, crecemos a límites insospechados.Conocí a Leonidas hace ya varios años, alguna soleada mañana, en la paz de mi consultorio. Afectado por una grave enfermedad cardíaca se recuperaba entonces de un severo Accidente Cerebro-Vascular que había interrumpido su habla y la mitad de sus movimientos. Demasiado joven, para tantas cosas juntas, realizaba notables esfuerzos por lograr un balance.
Tenía miedo y no era para menos.La terapia, cuando es verdadera, es una relación humana profundamente conmovedora. Terapeuta y paciente se influyen recíprocamente. No hay campo, por fortuna, para la neutralidad. Y menos, cuando se comparten caminos tan movedizos como los que lindan entre la vida y la muerte.Pronto, la energía vital de Leo, se puso de manifiesto. Sobrevivió al cambio de un marcapaso. Aprendió a hablar de nuevo. Recuperó condiciones físicas. Volvió a leer. Controló muchos de sus temores. Desarrolló un nuevo optimismo.
Aprendió a vivir.La armonía sucede cuando se juntan y acompasan los fragmentos, pasado y presente, razón y espíritu, amores y odios. Cuando dejamos de ser unilaterales, caen máscaras y nos completamos a través de la experiencia del sufrimiento. Cuando nos humanizamos.Se quedó dormido, este discreto sancristobalense, el pasado veintisiete. Mucho tiempo después del último encuentro quedó pendiente un café. Sin embargo, mientras concluyo esta cuartilla lo veo subiendo, a paso muy suyo, las gradas de mi anterior clínica. Y escucho su música, la música que presidió, la cura de nuestras heridas
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